La Ronda de Doha, Qatar 2001, tuvo desde su origen un mandato: el desarrollo (“Agenda del Desarrollo de Doha”). Los seguidores más fieles del “libre comercio”, dentro de la Organización Mundial de Comercio (OMC), sucesora del GATTS y creada en 1995, vienen desde entonces pregonando las bondades de este engañoso concepto que consideran la mejor vía para el logro de un desarrollo sustentable. Las discusiones se centraron, para ser muy sintéticos, en dos temas: Acceso a Mercado de Productos no Agrícolas, NAMA por sus siglas en inglés y el tema de la Agricultura, donde el principal aspecto radica en los cuantiosos subsidios que los países desarrollados destinan a sostener sus agricultores. Así y para abreviar, la propuesta sería, bajos aranceles para manufacturas y menos subsidios para la agricultura en los países desarrollados. Conclusión, entregaríamos industrias y todo lo que esto implica, a cambio de consolidarnos en nuestros tradicionales productos primarios.
Durante la década de 1990 nadie hubiera osado negar las bondades del libre comercio para lograr la meta del desarrollo y ese “credo” se propago hasta chocar con las distintas crisis que atravesó América Latina. De estas últimas surgieron y siguen surgiendo (el más reciente es Fernando Lugo en Paraguay) gobiernos que creen verdaderamente en el desarrollo y que en su búsqueda negaron a la vieja formula del libre mercado y el libre comercio. Pero para se honestos, el reciente fracaso en Ginebra de la negociaciones, (finalizadas el 29 de julio de 2008) no fue merito exclusivo de los países en desarrollo que se negaron a conceder en productos manufacturados más de lo que recibían en agricultura. Soy partidario de quienes sostienen que hemos entrado en un proceso de proteccionismo por parte de los países centrales, y que, si se niegan a hacerlo explicito es por no negar aquella vieja creencia que les sirvió durante tanto tiempo.
Si bien el fracaso de la Ronda significa un respiro para las organizaciones sindicales, queda un gran trabajo por realizar. La situación generada demandará llevar adelante, por parte de las organizaciones sindicales, un análisis muy minucioso y una sincera discusión sobre como enfrentar la nueva etapa que se abre para los países en desarrollo. El principal aporte que podríamos realizar consistirá en hacer saber a nuestros gobiernos que ningún acuerdo podrá significar el sacrificio de puestos de trabajo ni de la calidad del mismo, pero sobre todo debemos hacer saber que a nivel mundial los trabajadores y sus organizaciones deben tener un lugar central. Este importante lugar no es un capricho, sino la conciencia de que serán los trabajadores las principales victimas de un mal acuerdo dentro de la OMC.
Hoy más que nunca se hace evidente que en Doha se discutió muchísimo más que coeficientes y aranceles. Siete años (y un marco conceptual muy distinto al que impera hoy) de discusión habían creado una familiaridad con un conjunto de ideas en torno al libre comercio que les daban aceptabilidad. Hoy el marco conceptual aceptado en el 2001 esta fuertemente cuestionado, sino simplemente dejado de lado por la casi totalidad de los países en desarrollo y negado en los hechos por los países desarrollados. Lo que constituyó por demasiados años la “sabiduría convencional” parece a punto de estallar en pedazos. No parecen haber surgido aún las ideas que reemplacen aquella vieja sabiduría. Pero existen hoy razones más poderosas que las ideas, esas razones provienen de una realidad que desmiente para los países en desarrollo las bondades del libre comercio.
La situación generada por el fracaso de las negociaciones de la OMC abre un gran interrogante de cómo avanzar en el comercio mundial. Las necesidades nacionales plantearán a las organizaciones sindicales internacionales una fuerte disyuntiva ante la atomización de las demandas para mantener relaciones comerciales compatibles con el sostenimiento de los niveles de empleo, el trabajo decente y la soberanía alimentaria.
Eduardo S. Paladín.