¿Quién dirige el mundo? Los trabajadores no, y es hora de que eso cambie

Por Kemal Ozkan, secretario general adjunto de IndustriALL Global Union

Los tipos de interés que determinan si un Estado puede permitirse mantener los hospitales o si debe hacer recortes. Los marcos de deuda que condicionan si un país invierte en su población o si paga a sus acreedores. Las recomendaciones sobre el mercado laboral que indican a los gobiernos si deben proteger a los trabajadores o flexibilizar las regulaciones.

Estuve en esas reuniones a principios de marzo. Lo que presencié me indignó. Pero el enojo, para quienes dirigimos organizaciones sindicales, no es suficiente. Nuestra labor consiste en comprender, cuestionar y organizar.

Permítanme contarles lo que vi y por qué es importante para todos los trabajadores, desde las fábricas textiles en Bangladesh hasta las minas de Sudáfrica.

El mundo se gobierna desde torres desconectadas de los trabajadores

Las decisiones que se toman en las grandes instituciones de Washington se extienden al mundo real con una fuerza extraordinaria. Sin embargo, las personas más afectadas por ellas apenas tienen voz en su adopción. Por eso existen organizaciones como IndustriALL: para llevar las realidades cotidianas de los trabajadores del sur y del norte global a los lugares donde, de otro modo, nunca se les escucharía.

Y lo que escuchamos en esas reuniones este año fue preocupante. Estamos presenciando no solo un fracaso de las políticas, sino un retroceso.

Quienes ya tenemos edad suficiente para recordar la década de 1980 reconoceremos ese lenguaje: desregulación, austeridad, la primacía de los mercados sobre las personas. Esa ideología nunca desapareció. Ha regresado, rediseñada y más agresiva, remodelando la gobernanza global de formas que están reduciendo el espacio para la democracia en todos los niveles.

Las cifras lo dicen todo, y son devastadoras

Las pruebas son indiscutibles. El informe del Comité Extraordinario del G20 sobre la desigualdad mundial, liderado por el economista y premio Nobel Joseph Stiglitz y encargado bajo la presidencia sudafricana del G20, reveló que el 83 % de los países presenta una elevada desigualdad de ingresos. Entre 2000 y 2024, el 1 % más rico acaparó el 41 % de toda la nueva riqueza creada a nivel global, mientras que la mitad más pobre de la humanidad solo obtuvo el 1 %. El 1 % más rico vio crecer su riqueza media en 1,3 millones de dólares durante ese período. Por su parte, la mitad más pobre de la humanidad experimentó un crecimiento medio de su riqueza de 585 dólares.

La participación de los trabajadores en la renta nacional —la parte de lo que produce una economía que va a parar a la fuerza laboral en lugar de al capital— ha disminuido en el 56 % de los países desde 1990. Entre 2019 y 2024, la remuneración media de los directores ejecutivos a nivel mundial aumentó un 50 %, mientras que el salario promedio subió menos del 1 % (Informe mundial sobre salarios 2024-2025 de la OIT).

Estas no son estadísticas abstractas. Describen un mundo en el que el sistema funciona exactamente como fue diseñado, y no está diseñado para los trabajadores.

La trampa de la deuda y lo que significa en las fábricas

Uno de los momentos más impactantes en Washington llegó de la mano de los sindicalistas de Zambia. Zambia fue el primer país africano en incumplir el pago de su deuda soberana en 2020. Pero no es el único. Más de 70 países, especialmente en el sur global, se encuentran atrapados en una crisis de deuda que está asfixiando sus economías y a sus trabajadores.

¿Cómo han llegado tantos países a esta situación? En gran parte, siguiendo las recetas de las mismas instituciones que ahora gestionan su deuda. Y cuando llega la crisis, esas instituciones regresan, no con nuevas ideas, sino con las mismas condiciones: austeridad, recortes de gasto, garantías de que se pagarán primero las deudas con las grandes instituciones financieras y las naciones acreedoras ricas. El resultado no es la prosperidad. Es el vaciamiento de los servicios públicos, el colapso de la inversión y, en las fábricas y las minas, la pérdida de empleos, el empeoramiento de las condiciones laborales y unos salarios que no cubren el costo de vida.

Hoy en día, 3400 millones de personas viven en países que gastan más en el pago de intereses que en educación o salud. (UNCTAD, 2025) Eso no es un problema de financiación. Es un problema de justicia.

Los niveles de empleo y por qué importa quién los mide

En nuestras conversaciones con el Banco Mundial, cuestionamos su enfoque a la hora de medir la calidad del empleo. El Banco utiliza los ingresos medios como indicador principal del progreso. Nos opusimos firmemente.

Esta es la razón por la que esto es importante. Cuando se le dice a un gobierno que su economía está creando empleo y que los ingresos medios están aumentando, parece un éxito. Pero los promedios lo ocultan todo. Esconden la explosión del trabajo precario, informal y a través de plataformas. No dicen nada sobre si un salario es suficiente para vivir, si basta para alimentar a una familia, pagar el alquiler o costearse la salud. No dicen nada sobre si los trabajadores tienen derecho a sindicalizarse, a negociar colectivamente o a rechazar condiciones inseguras.

Hoy el mundo enfrenta una crisis salarial. En muchos países, los salarios no cubren las necesidades básicas. La base de la pirámide de necesidades humanas —alimentación, vivienda, seguridad— está fuera del alcance de millones de personas que trabajan a tiempo completo. Cuando las instituciones que configuran la política económica mundial miden el éxito mediante indicadores que no reflejan esta realidad, la realidad nunca cambia.

Exigimos que el Banco Mundial cambie su metodología. Exigimos el fin de las medidas de austeridad que recortan los salarios del sector público y desmantelan los servicios sociales de los que dependen los trabajadores. El trabajo decente, con los derechos fundamentales, la protección social y el diálogo social en el centro, debe ser la medida del progreso económico, no una cuestión secundaria.

Los impuestos y el robo del futuro

La participación de los trabajadores está disminuyendo. La riqueza se está concentrando en las clases más altas. Y el sistema tributario, que debería ser el mecanismo para devolver parte de esa riqueza a la sociedad, está fallando deliberadamente.

A nivel mundial, los multimillonarios pagan un tipo impositivo efectivo equivalente a solo el 0,3 % de su riqueza (Zucman, Blueprint for a coordinated minimum effective taxation standard, EU Tax Observatory/G20, 2024). El tipo impositivo medio legal del impuesto sobre sociedades en todas las jurisdicciones de la OCDE y del Marco Inclusivo descendió del 28 % en 2000 al 21,1 % en 2021 (Estadísticas de impuestos corporativos de la OCDE, 2024). Y en enero de 2026, el acuerdo de la OCDE sobre el impuesto mínimo global de sociedades, que ya era un compromiso, se debilitó aún más, al eximir a las multinacionales estadounidenses de disposiciones clave como el tipo mínimo del 15 % (Paquete “Side-by-Side” de la OCDE, enero de 2026).

Esto no es un ajuste técnico. Se trata de una decisión política que les dice a los trabajadores de Indonesia, Zambia y Brasil que las reglas de la economía global seguirán siendo formuladas por y para los poderosos. Cada dólar que fluye libre de impuestos hacia los bolsillos de las empresas y los multimillonarios es un dólar que no se destina a escuelas, hospitales, infraestructuras y los servicios públicos de los que dependen los trabajadores.

La desigualdad de riqueza es ahora mayor que la desigualdad de ingresos, y si el régimen fiscal global no cambia, las cifras de desigualdad tampoco cambiarán jamás.

La democracia es el hilo que lo conecta todo

La inteligencia artificial, la deuda, los impuestos y la protección social parecen cuestiones inconexas, pero no lo son. Todas ellas son síntomas del mismo fallo subyacente: un sistema de gobernanza mundial que no es democrático, que no representa a la mayoría de la población mundial y que ha sido capturado por intereses ajenos a los suyos.

Esto se observa con mayor claridad en el G20 de este año. La presidencia estadounidense de la administración Trump ha eliminado por completo del orden del día del G20 los temas relacionados con el trabajo, el empleo y la desigualdad. Sudáfrica, que impulsó avances genuinos para los trabajadores durante su presidencia en 2025, ha sido excluida. El Labour 20 no ha sido reconocido. Solo el Business 20 permanece en la mesa.

No se trata de una cuestión procedimental. Es un ataque a las instituciones democráticas y al principio básico de que quienes se ven afectados por las decisiones deben participar a la hora de tomarlas.

La agenda de desregulación que se está impulsando a través del G20 no tiene como objetivo liberar las economías. Se trata de eliminar las protecciones por las que los trabajadores han luchado durante generaciones —normas de seguridad, derechos laborales, normas medioambientales— en beneficio de una pequeña élite.

Esto es vergonzoso e inaceptable.

Lo que haremos

Lo que escuché en Washington me indignó. Lo que vi me horrorizó. Pero, como líderes del movimiento sindical, nuestra labor no consiste en lamentarnos ni en limitarnos a alzar la voz. Nuestra labor es comprender, educar y movilizar.

El movimiento sindical mundial no esperará una invitación de una presidencia del G20 que ha dejado claro que los trabajadores no son bienvenidos. Movilizaremos nuestras fuerzas. Construiremos nuestras alianzas con la sociedad civil. Llevaremos la agenda laboral y social, ya establecida tras años de trabajo bajo presidencias anteriores del G20, a todas las plataformas y a todas las futuras presidencias que estén dispuestas a escucharnos.

La presidencia del Reino Unido del G20 en 2027 debe escucharnos con claridad.

En el último Congreso de IndustriALL, adoptamos un lema: “Organizándonos para un futuro justo”. Esa consigna no se eligió por casualidad. Se eligió para una lucha que no terminará, sino que la llevará adelante una nueva generación de trabajadores.

La esperanza es nuestro capital

Nunca perdemos la esperanza. La esperanza es nuestro capital. Pero la esperanza por sí sola no basta. Debe combinarse con el conocimiento, la energía, la solidaridad y el poder organizado. Eso es lo que IndustriALL lleva a esas reuniones en Washington. Eso es lo que llevaremos a todos los lugares donde se toman las decisiones que determinan la vida de los trabajadores de todo el mundo.